EL LENGUAJE Y LA INTELIGENCIA

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Percy Bysshe Shelley fue el primero, si no estoy equivocado, que dijo que no hay pensamiento sin lenguaje. Si la facultad de pensar depende de nuestra  capacidad para operar con el lenguaje, a menos capacidad de operar menos pensamiento. Todo ello viene a cuento para unos cuantos grupos de individuos. Podríamos empezar con las feministas desorientadas. Irene Montero, ministra de igualdad, está obsesionada en confundir el sexo con el género. Ha contribuido a poner de moda, por ejemplo, insensateces como “los españoles y las españolas” sin darse cuenta de que “los españoles” (género masculino) abraza tanto el sexo masculino como el femenino, de la misma manera que, cuando decimos “los elefantes” (género masculino) incluye también los elefantes de sexo femenino. En cambio, cuando hablamos de “las españolas” (género femenino), no incluimos los españoles de sexo masculino, cosa que sí quisieran los insensatos de la CUP, cuyos miembros masculinos hablan siempre en femenino.
    No creo que tardemos mucho en oír a Montero hablando de “los elefantes y las elefantas”. En realidad, ha dicho ya cosas peores. Por ejemplo: “miembros y miembras” y “portavoces y portavozas”. Por no pensar, ni tan solo se ha dado cuenta de que hay palabras que solo tienen un género y, además, que “voz” es femenino, y que para  distinguir el sexo de los portavoces, basta con poner un artículo delante. Tal menosprecio por el lenguaje es la prueba definitiva de la incapacidad de pensar y, por lo tanto, de falta de inteligencia de quienes, por una ideología desorientada,  torturan la lengua con orgullo de torturadores.
    Es grave que esa tortura se haya contagiado como para quedarse. Afortunadamente los miembros de la RAE conservan la sensatez. Pero el contagio afecta incluso a Pedro Sánchez, aunque con menos énfasis que a Montero. Y seguro que esa falta de empuje se explica porque mencionar a los dos géneros lleva consigo la necesidad del PSOE de competir en feminismo desorientado con Unidas Podemos (concepto que no incluye a los hombres, aunque no todos sean mujeres). Es raro que, puestos ya a aceptar barbaridades, no se decidieran por “Unidas Podemas”, que refleja incluso mucha más desorientación.
    He oído varias veces a políticos vascos hablar de “los empresarios y empresarias vascos”. La repetición del género es divertida, pero la falta de concordancia es patética. En Cataluña, pasa lo mismo, pero como los que gobiernan tienen poco cerebro, la falta de inteligencia armoniza con los errores lingüísticos, porque además hablan un catalán de perros.
    Resumiendo: el poco respeto al lenguaje es la confirmación del poco respeto a la inteligencia. Pero por lo visto, ahí no se trata de respetar el lenguaje para pensar mejor, sino para obtener votos de las feministas desorientadas. ¿Tantas hay en España? En realidad, la lengua importa cada vez menos a los políticos, cuya reputación se nutre cada vez más de su falta de inteligencia real. Y lo peor es que se trata de un mal que se contagia, sobre todo a los españoles que simpatizan con la desorientación, y que me temo que no son pocos.
    Los errores lingüísticos son además un indicio de que no hay que fiarse de los que los cometen. En Barcelona hay una clínica oftalmológica que anuncia en su fachada dos actividades: “Revisión – Cirujia” (sic). Por lo que a mí se refiere, jamás permitiría que ahí se me hiciera ninguna revisión y mucho menos ninguna “cirujia”. Poco deben de haber leído los dueños de esa clínica. Me imagino que ni libros de medicina, puesto que la palabra cirugía debe figurar a menudo en sus libros.  Entonces, si han leído poco, son de poco fiar. Yo, dicho sea de paso, prefiero tomarme en serio la relación entre lenguaje e inteligencia, establecida ya por Shelley, y más recientemente por Chomsky en su libro Language and mind.
    También he visto una foto anunciando visillos para puertas. En el anuncio se podía leer “Puerta anti incestos”, con lo cual es fascinante pensar que existen visillos que impiden la entrada a los familiares más cercanos.
    Los ejemplos son abundantes. Pero que el poco respeto al lenguaje venga de quienes gobiernan empieza a ser alarmante. He decidido no votar nunca jamás a quienes lo torturan.